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De Quimeras y Ensoñaciones

El artista en la calle

Un pequeñísimo homenaje y recuerdo a los artistas callejeros que nos alegran muchas veces el día con su música en las calles, ó en el metro.

Strangers in the night
exchanging glances
Wond'ring in the night
what were the chances
We'd be sharing love
before the night was through…

Something in your eyes
was so inviting…
Something in you smile
was so exciting…
Something in my heart
told me I must have you…

Strangers in the night
Two lonely people,
we were strangers in the night
Up to the moment
when we said our first hello
little did we know…

Love was just a glance away,
a warm embracing dance away…

and…

Ever since that night
we've been together
Lovers at first sight,
in love forever…
It turned out so right
for strangers in the night...

Love was just a glance away,
a warm embracing dance away…

Ever since that night
we've been together
Lovers at first sight,
in love forever...
It turned out so right
for strangers in the night

Love was just a glance away,
a warm embracing dance away…

Ever since that night
we've been together
Lovers at first sight,
in love forever...

It turned out so right
for strangers in the night

… Era un plácido día de principios de otoño que invitaba a pasear por las calles céntricas de una ciudad patrimonio de la humanidad, entre las sombras de las calles, bajo los soportales tachonados de columnas desgastadas y descuidadas por el paso del tiempo los turistas y los caminantes ociosos daban cortos paseos pisando el suelo empedrado cual calzada romana y se extasiaban ante los reclamos de las miles de formas del escaparatismo, tras los cristales, objetos diversos que atraían al paseante.

Vanessa escuchó a lo lejos la música de un acordeón, y al acercarse, aquella melodía le iba envolviendo poquito a poco, metiéndose dentro, haciéndola suya, la había oído antes, ¿dónde?, se preguntó, pero no supo responderse. Miró a través del pórtico y contempló a un músico callejero, ahora, la música tenía un acento más rancio y acartonado, pero sonaba muy bien. Siguió su camino, despacio, muy despacio, para escuchar aquella melodía que se le había quedado impregnada en todo su ser. Y aún cuando dejó de oírla, continuaba reverberando en sus oídos cual rumor de agua brava estrellándose contra el acantilado. Esos dos minutos largos le habían alegrado un poquitín el alma.

Y un poco más allá, unos pasos más adelante, donde los pórticos dejaban paso a la luz, al los rayos de sol que atemperaban la humedad de las sombras, se clareaban a través de las calles, cual claraboya de buque, de nuevo, el mismo sentimiento se apoderó de ella, el sonido melódico de un nuevo instrumento impregnaba de fragancia musical el aíre del mediodía.
Vanessa abrió su imaginación y se dejó acunar por los acordes. Cerró los ojos, dejándose ir, con una sonrisa en los labios, hasta que un desconocido le sacó de su ensueño al tropezar con ella y le obligó a abrir los ojos y a pedir disculpas y perdón por su torpeza.
-¿Estás ciega?. ¡A ver si miramos por donde vamos! ¡A ver si abrimos los ojos! ¡Que ya somos mayorcitos para andar jugando a la gallinita ciega! .

Las calles no están hechas para los ciegos, ni para soñar dormidos con los ojos cerrados.

Estaba justo enfrente del músico callejero. En ese instante había dejado de tocar y daba las gracias a un generoso caballero que había depositado una moneda de 1 Euro en el cartón que dormía a sus pies, junto a unas cuantas monedas más –muy pocas más- que ahora le hacían compañía.
La gente cruzaba a su lado sin mirar, sin pararse, sin escuchar, sin apenas darse cuenta de su presencia, tal vez fuese por la monotonía de la costumbre, excepto algún despistado turista ó alguna madre con sus hijos que se detenían unos segundos para contemplar a aquel músico, mas como un espectáculo de feria, como una atracción circense, que como un artista de la calle, para luego, aburridos y cansados de ver que aquella persona sólo creaba música y no hacía nada más –ya que ellos no escuchaban, sólo estaban allí para mirar – proseguían su camino.

Aquel músico de la calle volvió a colocarse el violín sobre su hombro izquierdo, apoyándolo sobre su mentón que se acomodaba sobre la mentonera del violín, esa depresión del instrumento para adecuarlo a la anatomía humana y empezó a deslizar su arco sobre las cuatro cuerdas que se distribuían por la tapa armónica y por el mango.
Vanessa se detuvo a escucharle, esta vez no pasó de largo.
Aquella melodía sonaba como palabras, como formando parte del tono y ritmo de una composición literaria, descriptiva, insustancial, pero muy agradable, plena de emotividad y sensibilidad, evocadora de imágenes mentales, adornada de guirnaldas.

Ambos, músico y oyente, se miraban sin verse, se contemplaban percibiendo tan solo las notas musicales de violín. La calle con sus edificios, llena de personas, había desaparecido bajo el embrujo de la música. Todo eran ritmos, armonías, sentimientos, evocaciones, vuelos de libertad, era como si se hubiesen convertido ambos en insectos con alas recién salidos de una crisálida y flotaran en el aire dejándose mecer por la brisa fresca del otoño.

A Vanessa le sacó de su trance el doblar de las campanas de la iglesia que ahogaban con su tañido los acordes del violín. Y fue entonces cuando le vio, sin saber que lo había estado mirando durante todo el tiempo, era atractivo, extranjero – pensó -, con rasgos típicos del Este de Europa, unos ojos pequeños gris-azulados, de un azul muy claro.
-No me importaría enamorarse de alguien así - musitó para sus adentros -
Sonrió abiertamente, con una sonrisa franca y pícara a la vez, al pensar en esas palabras y el violinista, al mirarla, y verla con aquella sonrisa feliz, por empatía, le sonrió también. Luego ella se avergonzó al verle sonreír, ¿Y si pudiese leer los pensamientos?, y se ruborizó sutilmente, bajó los ojos al suelo apartándolos de él, y para disimular aquella repentina huida de su mirada y disimulando su incipiente timidez, miró hacia su bolso, del cual sacó un billete, se acercó al músico, -las campanas no dejaban escuchar la música, el artista había dejado de tocar-, y ella en vez de depositar el billete en el suelo, se lo entregó en mano, con una sonrisa de complicidad y agradecimiento, él lo recogió, y Vanessa sintió el roce de su mano suave y áspera a la vez, tierna, como una caricia y… el violinista le dijo gracias, muchas gracias señorita.

-¿Podrías tocar “strangers in the night”, extraños en la noche, de Sinatra? ¿Sabes la canción? – Le preguntó Vanessa, mientras las campanas finalizaban su estrepitosa llamada y la gente seguía paseando a su alrededor sin detenerse.
El músico callejero volvió a colocarse el violín en el hombro y la música bailó en su derredor, cual las hojas en otoño barridas por el viento. Y ella evocó el recuerdo de esa canción. En la noche, dos extraños sin serlo, pero siéndolos.

“Love was just a glance away,
a warm embracing dance away…”
El amor era simplemente una mirada
Un cálido bailar abrazados…

Estaría toda la vida escuchando esa canción, escuchando ese violín, mirando esos ojos azul pálido, “extraños en la noche, intercambiando miradas…”, “El amor era simplemente una mirada…” , y una lágrima traicionera rodó por su mejilla. Sonrió melancólica. Él volvió a tocar la melodía otra vez. Vanessa tarareaba dentro de sí la letra, siguiendo el rítmico movimiento del arco sobre las cuatro cuerdas del violín. Y de nuevo una mariposa azul surgió de su crisálida y extendiendo las alas danzó y danzó al ritmo de aquella música romántica.

Vanessa aplaudió entusiasmada cuando el artista callejero terminó de tocar la canción. La gente miraba. Se avergonzó al darse cuenta. Acercose al músico y le estampó un beso en la mejilla. Muchísimas gracias, es muy bonita, tocas muy bien – le dijo- y se fue, desapareció nuevamente por entre el camino tachonado de losas empedradas, entre los soportales de la calle mayor de la ciudad.

Y el músico la vio partir, nunca le había besado de esa forma una mujer cuando ejercía de artista en la calle –si alguna que otra niña pequeña cuando su madre le entrega las monedas y muy graciosa, infantil y simpáticamente se levantaba de puntillas - pero nunca una mujer, ni le habían aplaudido con tanto entusiasmo. Aquello le satisfacía más que todo el dinero, billete u oro del mundo y le dijo en bajito, cuando ella ya no estaba: “Gracias por escucharme, si vuelves mañana, te traeré una rosa”.

Gracias por leerme

Extraños en la noche
intercambiando miradas
preguntándonos en la noche
cuáles eran las posibilidades
de compartir el amor
antes que la noche pasara...

Algo en tu mirada
era tan atractivo...
Algo en tu sonrisa
era tan excitante...
Algo en mi corazón
me decía que debía tenerte...

Extraños en la noche
dos solitarios
fuimos extraños en la noche
hasta el momento
en que dijimos nuestro primer "hola"
poco sabíamos...

El amor era simplemente una mirada
bailar abrazados...

y...

Desde aquella noche
hemos sido juntos
amantes a primera vista
y enamorados para siempre...
resultó bastante bien
por ser extraños en la noche.

El amor era simplemente una mirada
bailar abrazados...

Desde aquella noche
hemos sido juntos
amantes a primera vista
y enamorados para siempre...

Resultó bastante bien
por ser extraños en la noche.

1 comentario

white -

es precioso, me he emocionado y se han escapado dos lágrimillas rebeldes de mis ojos. con tu permiso lo imprimiré y se lo llevaré a mis amigas para que lo lean y sus lágrimas se unirán a las mías. Gracias por escribir así.